Artritis Reumetoidea

Si bien la artritis reumatoidea (AR) es uno de los tipos de artritis que causan más incapacidad, la perspectiva ha mejorado de manera notable para muchos pacientes recientemente diagnosticados. Por supuesto, sigue siendo una enfermedad grave, con una gran variedad de síntomas y efectos. Sin embargo, se han producido avances recientes en el tratamiento que posibilitaron la detención, o al menos la desaceleración, del avance del daño articular. Existen diferentes alternativas terapéuticas que actúan controlando la inflamación, generando mayores beneficios para las personas afectadas de AR.

La AR afecta alrededor del 1% de la población, más a mujeres que a hombres en una relación 3:1, la edad de aparición es en general entre los 40 y los 60 años, pero puede manifestarse en cualquier etapa de la vida, inclusive durante la niñez.

La AR es una enfermedad autoinmune, inflamatoria crónica que produce dolor, rigidez, inflamación y limitación en la movilidad y el funcionamiento de diversas articulaciones. Las articulaciones más frecuentemente afectadas son las pequeñas articulaciones de las manos y los pies, generando alteraciones y deformidades que los reumatólogos consideran características de la artritis reumatoidea. También se comprometen otras articulaciones, en forma frecuente como las muñecas, rodillas, tobillos, hombros, caderas, entre otras y afecta también a otros órganos generando diferentes sintomatologías.

Los pacientes con AR manifiestan “rigidez matinal”, que puede durar inclusive varias horas luego de levantarse. Son datos característicos para el diagnóstico otros síntomas como: fiebre baja o febrícula, sequedad de ojos y boca (síndrome de Sjögren), nódulos subcutáneos, pérdida de apetito y de energía.

La artritis reumatoidea es una enfermedad autoinmune, que se desarrolla como consecuencia de un deficiente funcionamiento del sistema inmunológico. La causa de la AR no se conoce, pero diferentes investigaciones han demostrado que hay factores genéticos y ambientales que pueden estar relacionados con el origen de la enfermedad, inclusive se vio relación con el stress (stress ambiental, emocional, laboral, etc). El foco principal de la inflamación está en la membrana sinovial, que es el tejido que recubre la articulación. Los agentes químicos inflamatorios liberados por las células inmunes provocan inflamación y dañan el cartílago y el hueso. Como respuesta a estos descubrimientos, se crearon nuevos medicamentos que específicamente bloquean determinadas señales que están involucradas en la disfunción inmunológica, generando los síntomas de la AR y el consecuente daño articular.

El diagnóstico de la AR no es sencillo, porque puede comenzar con síntomas leves, como dolor en las articulaciones o una leve rigidez en la mañana. Puede confundirse con diferentes patologías que podrían dar síntomas semejantes, especialmente en el inicio. Razón por la cual los pacientes consultan tardíamente al reumatólogo, en general al año de iniciados los síntomas. Se recomienda a los pacientes que presenten síntomas que podrían estar relacionados a la AR que consulten a su médico para que los derive en forma temprana a un reumatólogo con la capacidad y experiencia necesarias para realizar un diagnóstico preciso y desarrollar un plan adecuado para su tratamiento.

El diagnóstico de la AR se establece mediante la evaluación de los síntomas y los resultados de un examen físico, análisis de laboratorio y radiografías. Se requiere un examen físico, con minucioso control de las articulaciones para detectar inflamación y dolor. También se realizan determinaciones en sangre para sostener los hallazgos clínicos de AR:

• Anemia
• Factor reumatoide, se encuentra en alrededor de un 80% de los pacientes con AR establecida, menos frecuente en la AR de reciente comienzo
• Anticuerpos anti-péptidos citrulinados cíclicos (PCC).
• PCR (proteína C reativa) elevada
• Eritrosedimentación
Las radiografías al inicio pueden no mostrar anomalías, pero si se repiten a los 6 meses y al año, se podrán detectar erosiones, lo cual habla de la progresión del daño articular.

Ha avanzado mucho el tratamiento de la AR en los últimos años. Actualmente se ofrecen opciones terapéuticas con el objetivo final de llevar al paciente a la remisión, es decir que no tenga articulaciones doloridas ni inflamadas y que los valores de eritrosedimentación y PCR se normalicen. Los tratamientos actuales alivian los síntomas y brindan la capacidad de continuar con sus actividades a un nivel normal o casi normal. Aunque no existe cura para la artritis reumatoidea, el objetivo del tratamiento consiste en minimizar los síntomas y la discapacidad de los pacientes evitando los daños irreparables de las articulaciones. El médico sabrá elegir el mejor tratamiento para cada paciente, pueden necesitarse asociaciones y rotaciones de medicamentos según los casos particulares.

Para el manejo exitoso de la AR es fundamental el diagnóstico temprano para instaurar la terapia adecuada para cada paciente. Dentro de la terapia a considerar están los anti-inflamatorios no esteroides, los corticoides a bajas dosis, las drogas modificadoras de la enfermedad de acción mediata como el Metotrexate, la hidroxicloroquina, entre otros.

Para los pacientes que presentan un cuadro más grave están los "agentes biológicos", drogas modificadoras de la enfermedad, son fármacos que actúan a nivel biológico, intercediendo en los pasos que provocan la inflamación y la destrucción articular y desacelerando el progreso de la enfermedad. Los agentes biológicos aprobados por la FDA para la AR son adalimumab, anakinra, certolizumab, etanercept, golimumab, infliximab, abatacept, tocilizumab, rituximab.

El tratamiento adecuado de la AR es un tratamiento integral y coordinado, la educación del paciente y el conocimiento de varios profesionales, incluidos reumatólogos, médicos de cabecera, fisioterapeutas y terapeutas ocupacionales.

Es necesario realizar consultas periódicas al reumatólogo para seguir el curso de la enfermedad y controlar los efectos secundarios que provocan los medicamentos.

Es importante que las personas que padecen AR permanezcan físicamente activas, siempre tener en cuenta que hay que disminuirlo ante un brote o actividad de la enfermedad. Las actividades deben estar controladas por el médico y el fisioterapeuta quienes dirán si son adecuadas. El diagnóstico de una enfermedad crónica es un hecho que cambia la vida y que puede provocar ansiedad o depresión. Los estudios han demostrado que las personas con AR que reciben un tratamiento temprano se sienten mejor más rápido y con más frecuencia, tienen más probabilidades de llevar una vida activa y menos probabilidades de sufrir el tipo de daño articular que conduce a severas deformaciones y al reemplazo de las articulaciones.